Un frigorífico que dure, una lavadora fácil de usar, un lavavajillas que consuma poco… Todo esto puede parecer poco innovador, pero es exactamente lo que están buscando hoy millones de consumidores en todo el mundo. El último informe de McKinsey lo deja claro: el sector de los electrodomésticos está girando hacia un consumo más racional, donde prima la durabilidad, la eficiencia energética y la asequibilidad, por encima de tecnologías disruptivas o funcionalidades superfluas.
Después de años en los que la innovación apuntaba a convertir cada aparato del hogar en una extensión del móvil, y donde “lo último” era estrenar equipamiento cada poco tiempo, ahora la prioridad del consumidor parece que se ha desplazado hacia lo básico, aunque no por ello deja de ser exigente.
Menos promesas, más confianza
Según McKinsey, el porcentaje de personas que espera mantener un electrodoméstico durante más de diez años ha subido del 35% al 39% en sólo un año. Este dato refleja un cambio importante en la mentalidad de compra. El consumidor actual ya no persigue el último avance técnico ni estrenar cada mes, sino un producto que le garantice rendimiento, durabilidad y bajo consumo a largo plazo.
De hecho, más de la mitad de los encuestados está dispuesto a pagar entre un 30 y un 40% más por productos duraderos o con alta eficiencia energética. Por lo tanto, la sostenibilidad deja de ser una mera cuestión medioambiental y se convierte también en una estrategia de ahorro. La durabilidad es el nuevo lujo accesible.
¿Conectividad? Sólo si tiene sentido
La conectividad inteligente, que durante años fue el gran argumento de venta en el retail de electrodomésticos, no convence a todos por igual. Sólo los consumidores más jóvenes —especialmente generación Z y millennials— muestran más interés por funciones como la programación remota o las alertas automáticas. En cambio, en las generaciones mayores, el atractivo de estas funciones ha disminuido considerablemente.
La reflexión se ha ido gestando en los últimos años: Si la tecnología no mejora la vida cotidiana de forma tangible, pierde valor.
Ahora el reto está en desarrollar innovaciones útiles, no simplemente llamativas. Y sobre todo, que no encarezcan innecesariamente el producto final.
¿Y el retail? Más allá de la venta
Para el retail, esta evolución representa tanto un desafío como una oportunidad. El informe de McKinsey destaca un desajuste evidente en la fase postventa: el 65% de los consumidores no adquiere garantías adicionales, el 54% no contrata instalación y el 29% ni siquiera opta por entrega a domicilio. En muchos casos, estos servicios no están bien comunicados o ni siquiera están disponibles.
Por lo tanto, aquí hay un espacio enorme para mejorar. Además de vender el electrodoméstico, se trata de acompañar la compra con servicios de valor añadido. Así se generan ingresos extra y también se refuerza la relación con el cliente y se mejora su percepción de marca.
¿Dónde están las marcas?
Curiosamente, mientras el 20% de las compras se realiza online, sólo el 1% de esas transacciones se concreta en las webs propias de los fabricantes. El canal directo al consumidor (DTC?) aún no despega en este sector.
Sin embargo, los datos muestran que los consumidores están dispuestos a pagar más cuando perciben valor y fiabilidad, algo que las marcas pueden capitalizar si se acercan al usuario final con una propuesta más clara, personalizable y transparente.
Vender mejor
El consumidor de hoy no quiere electrodomésticos con discursos de ciencia ficción. Quiere soluciones que funcionen, que duren y que no le compliquen la vida. No busca ser sorprendido, sino comprendido. Y eso cambia las reglas del juego para marcas, retailers y fabricantes.
El sector del electrodoméstico ha competido durante años por ver quién lanzaba antes el siguiente “gadget inteligente”, pero ahora el verdadero reto es otro: recuperar la confianza del consumidor. No se trata de llenar las tiendas de promesas, sino de argumentos sólidos. Vender ya no va de impresionar, sino de acompañar. Y en eso, el retail tiene mucho que decir.